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Los orígenes del carnaval se remontan a los primitivos ritos de invierno, los bacanales griegos y los saturnales romanos, conservando de ellos una elevada dosis de música, danza, bebida y sexo.
Al llegar con estos ingredientes a la pacata Ocaña, la transtornaron, pero también la alegraron, y a pesar de la rabiosa y enconada resistencia de algunos sectores, terminaron por enseñorearse de la ciudad.
En Ocaña como en otros lugares, los ritos religiosos provocaron la creación de dramas y disfraces que fueron preámbulo de los carnavales, especialmente durante la celebración del corpus y la fiesta de reyes del siete de enero.
En 1786 encontramos a doña Juana Lázaro Velásquez, quien decidió que la mejor forma de gastar su dinero era contratando costureras para elaborar los disfraces de diablos, indios y santos, y preparando los escenarios de las fiestas, que Alejo Amaya describe como sus “GENITORES “:”Entre repliques y petados que hacían saltar de gozo el corazón, llegaba por fin la fiesta ambicionada. Desde el amanecer trabajaban como hormigas en las cuatro esquinas de la plaza multitud de chaperones y de criollos, que sudaban el kilo trasponiendo con sus grutas sombrías… …edificando ermitas…”
Al terminar los oficios religiosos los disfrazados en motivo de curiosidad y de regocijo especialmente los diablitos, a quienes los pelafustanes hablaban la cola para hacerse perseguir en medio de la hilaridad del público.
En la noche las gentes se reunían, ya achispadas, para disfrutar de las fiestas preparadas por doña Juana. Los elegantes invitados se mezclaban con diablos y santos; y con los sacerdotes que habían pronunciada la celebraciones.
Exista entonces una comunión especial entre la fiesta religiosa y la profana.
Los bailes duraban hasta tres días, en los cuales al decir de Monseñor Pacheco, los espíritus eran los “dominados por el anestésico anís y las vibraciones del tiple, la guitarra y el tamboril”.
El gusto de las gentes por los disfraces hizo que se separaran estos de las fiestas religiosas y se organizaran como comparsas, especial mente en la costa y en particular en barranquilla, la ciudad pionera de estos menesteres de la alegría.
Precisamente un nativo de la arenosa, pero con ancestros ocañeros y fiel enamorado de la ciudad, Henrique Ruiz Machuca, se hizo el propósito de iniciarlos en Ocaña.
El consejo municipal acogió la idea y en noviembre de 1945 nombra la primera “junta de carnaval” integrada así:
Presidente: Henrique Ruiz Machuca
Vicepresidente: Alejo Conde Pacheco
Tesorero. José Vicente Navarro
Secretario. Gustavo Quintero
Vocales: Ciro Osorio Quintero y Orlando Trigos
Que se dedicaron con entusiasmo a la tarea. La respuesta fue magnífica, y el primero de nuestros carnavales se realizo con éxito entre el 4 y el 6 de enero de 1946.
Se permitió el lanzamiento de agua y maicena y se reglamentaron unos capuchones similares a los utilizados por los nazarenos pero de variados colorines.
En el afán de prevenir incidentes –que no faltaron-.aquellos que tenían disfraz, requerían inscribirlo en la alcaldía, donde les entregaban un numero en tela que debía cocerse al capuchón.
El carnaval hizo desbordar los placeres de la carne, de la bebida y los sentidos, sin que pudieran ser contenidos ni por los organizadores ni por nadie.
La iglesia no tardo en dar la voz de alerta a raíz de un bochornoso incidente, cuando algunos borrachos no respetaron la investidura sacerdotal del padre Martínez, muy querido de la población, y le arrojaron maicena, además de hacer ofensas de palabras. El clero se levanto airado y Ocaña fue declarada en entredicho eclesiástico, es decir que mientras este duro, los sacerdotes no celebraron mas misa, y los fieles debían trasladarse a la vecina población de Rio De Oro hasta que le fue condenada la sanción clerical. Posterior mente la iglesia interpuso su poder para impedir futuros carnavales, pero ya era tarde, el pueblo no permitió que estos se suspendieran.
De todas formas, para contener excesos, la alcaldía empezó a dar palos de ciegos, con resoluciones que la mayor veces eran contradictorias.
Que se ordene la inscripción de disfraces.
Que se prohíban los capuchos.
Que se reglamenten las juegas.
Que se prohíban las juegas.
Que se construyan cantinas en el parque.
Que desalojen las cantinas del parque.
Que se prohíbe echar agua.
Que se autorice a los bomberos para que echen agua.
Que cierren los registros del acueducto.
Que se prohíban los carnavales en le perímetro del parque.
Que los carnavales se realicen solo en el perímetro del parque.
Que todas las fiestas se trasladen al” toro sentao”.
Qué cárcel para el que arroje bolis.
Qué cárcel para el que arroje anilinas y pintura.
Que la plaza de toros se construya cerca del cerro.
Que la plaza de toros se construya lejos del cerro.
Pero nadie entiende ni se preocupa de lo que quiere el gobierno municipal. Lo importante es disfrutar la carnestolendia de la mejor manera.
Anteriormente los carnavales se iniciaban con la lectura del bando, después del discurso de coronación de la reina central o reina del carnaval.
Hoy se inician cuando repican las campanas del medio día del cuatro de enero, así como lo dice Emiro Quintero Cañizares.
“Al filo del medio día
Repicaban las campanas
Un sonsonete de rumba
Que me hizo bailar el alma.”
Los carnavales subsisten a pesar de los folios legales en su contra y de las radicales críticas de la iglesia que en los últimos tiempos ha sido más comprensiva.
Dice “la Torcoroma “dirigida por monseñor José Francisco Rodríguez, en su número 9 de diciembre de 1963.
“El señor obispo no prohíbe las fiestas en Ocaña, ni puede prohibirlas, quiere que las haya, pero quitándoles lo vulgar y lo plebeyo, lo ridículo y lo pecaminoso que han tenido desde que se importo el célebre carnaval, sin darse cuenta que esa modalidad introducida en nuestro medio provinciano iba a dañarnos las lindas fiestas de Ocaña, como lamentablemente ha ocurrido “
Es que en ocasiones la multitud ha resultado incontrolable y se cometen
desmanes. A veces han variado la maicena por pintura y colorantes fuertes que hacen daño a la piel.
Otras veces por materias orgánicas en ocasiones suceden violentos incidentes provocados por borrachos o libidinosos que en disculpa del carnaval acarician malintencionadamente a las muchachas.
No obstante, estos lunares aislados no logran empañar la algarabía el retozo durante los tres días del desenfreno carnavalero.
LOS CARNAVALES
A partir de 1945, todas las energías fiesteras de los ocañeros fue canalizada hacia una nueva modalidad de celebración: un barranquillero, hijo de padres ocañeros, Henrique Ruiz Machuca, secundado por un grupo de paisanos, inaugura el carnaval.de la revista “Trofeos” de aquella época, extractamos esta nota:
“Por resolución del honorable consejo municipal fueron nombrados miembros de la junta del carnaval los siguientes caballeros: José Vicente Navarro, Ciro A. Osorio, Alejo Conde Pacheco, Henrique Ruiz, Gustavo Quintero B. y Orlando Trigos. Los mencionados caballeros tomaron ya posesión de sus cargos eligiendo la directiva que quedo constituida así:
Presidente: Henrique Ruiz Machuca
Vicepresidente: Alejo Conde Pacheco
Tesorero. José Vicente Navarro
Secretario. Gustavo Quintero
Vocales: Ciro Osorio Quintero y Orlando Trigos.
De modo, pues, que los carnavales ya son un hecho “.
Desde 1945, entonces, con mínimas interrupciones, se han venido celebrando en Ocaña los carnavales. Para este tiempo, ya ha sido elegida una reina en cada barrio y se ha construido frente al palacio municipal una gran tarima que servirá como palco real. Dese 1961, cuando “carmito” quintero y Alonso Carrascal Claro organizaron el desfile de los genitores, este espectáculo ha servido como preámbulo en los carnavales.
En efecto, el importante desfile se lleva a cabo el tres de enero, y los carnavales abarcan el 4,5 y 6 del mismo mes.
En otras épocas se nombraba una junta especial para organizar estas celebraciones. Hoy, por nombramiento de la alcaldía, existe la corporación de ferias, fiestas y turismo que asume la misma función. Hecha la elección de la reina del carnaval, corresponde a esta abrir la fiesta del 4 de enero, a eso de las dos de la tarde. El pueblo enloquece. En alegres caravanas los autos recorren la ciudad lanzando vejigas con agua y echando maicena (los tintes fueron por fortuna prohibidos). Hacia el norte de Ocaña se construyen casetas y hasta un ruedo donde las gentes, cuya sangre hispana no deja de manifestarse, las corridas de toros como antaño lo hacían sus abuelos, remedándolos “encierros” de pamplona (España) o las fiestas de San Fermín. No pueden, por supuesto, faltar los disfraces, comparsas, carrosas bellamente diseñadas, exóticos trajes que adornan las figuras de nuestras mujeres; representaciones jocosas de los políticos y… música! la banda municipal, conjunto folclórico de nuestra región que, con denuedo, les recuerdan a Ocaña su esencia santandereana y la necesidad de que esta se imponga ante otras zonas que, si bien son valederas en la regiones ribereñas del magdalena y la costa, aquí nada nos dicen. Con la música viene el baile, y con este el eterno romance que pone juego en los ojos de las doncellas y coraje en el corazón de los hombres.
Se acaba el carnaval y la gente se apaciguan. Vuelven a sus quehaceres cotidianos, a sus negocios, al colegio, a la actividad intelectual que nos es tan propia. Allá, en el fondo del alma, cada ocañero espera en silencio que vuelva nuevamente el 15 de diciembre y… claro está, que llegue otra vez el carnaval.
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